¿Qué le ocurre a un grupo cuando decide dejar de caer simpático? La respuesta llega desde Málaga, envuelta en terciopelo negro y graves que muerden. El binomio Haytaró Villana, banda y canción, abre una era que prefiere la sombra al aplauso fácil. Y obliga a preguntarse si el pop, para importar, necesita primero incomodar.
Hay bandas que se quedan quietas cuando el suelo tiembla. Otras aprovechan la sacudida para bailar. Haytaró pertenece, sin discusión, a la segunda especie. El colectivo malagueño acaba de publicar Villana, primer sencillo de una etapa que no pretende borrar nada y que, sin embargo, lo cambia casi todo. Mientras el pop español que hoy conquista escenarios internacionales parece haber dado con su fórmula, ellos eligen el camino menos cómodo: el de la grieta.
De AWA a Haytaró: mudar la piel sin perder la memoria
Siete años firmaron como AWA. Siete. No es poco tiempo en una industria que devora nombres cada temporada. Lejos de renegar de esa herencia, MAY B, Nessie, Bechi Walsh y Santi asumen la transformación como un gesto de honestidad casi descarnada. No hay borrón ni maquillaje. Hay mutación.
La salida de Alba Vegas reordenó el tablero. Bechi Walsh y Santi ocupan ahora la primera línea vocal junto a MAY B y Nessie, en una alineación donde conviven la disciplina coreográfica, el oficio escénico y una ambición pop que, por fin, se ha quitado el traje de domingo. La amabilidad, parece decirnos el cuarteto, puede esperar.
La idea dialoga con otras voces de nuestra escena. No hace mucho, desde estas mismas páginas, se defendía que el amor se ha convertido en el último tabú del pop. Haytaró va un paso más allá y convierte la incomodidad en método.
Villana, un manifiesto escrito con graves
Las influencias: de Billie Eilish a Katseye
Villana suena a noche cerrada. Es pop urbano de hechura contemporánea, pero su árbol genealógico resulta caprichoso y fascinante. Bebe de la oscuridad afilada de Billie Eilish, de la urgencia de Bastille y del pulso terroso de Hozier. Suma el costumbrismo sin fecha de El Kanka y la precisión de relojero del K-pop de Katseye. Sobre el papel, la mezcla parece improbable. Funciona.
Chiclana como laboratorio sonoro
La letra lleva la firma principal de María Reina Padilla, MAY B, con aportaciones del resto de la formación. El sonido, en cambio, se cocinó en Chiclana. Allí Marko Katier concibió, grabó, mezcló y masterizó el tema. Levantó una arquitectura donde mandan los graves rotundos, al borde mismo de la distorsión, los ritmos que cortan como cristal y unas atmósferas densas, de esas que envuelven y no sueltan.
Sobre ese suelo turbio, a la vez comercial y peligroso, el texto disecciona la traición, el choque emocional y la exploración de uno mismo sin pudor alguno. Hay un verso que lo condensa con ironía casi bíblica: entre frutas prohibidas y serpientes, la voz prefiere abrazar la penumbra antes que convertirse en la luz fría de un tubo fluorescente. Es el Génesis reescrito en clave de club nocturno. Frente a los moralistas de cartón piedra, la sombra como trinchera.
Tinta y sangre: el álbum conceptual que viene
Villana no llega sola. Es la avanzadilla de un álbum conceptual en el que la tinta y la sangre funcionan como metáforas gemelas de lo humano: lo que se escribe y lo que se derrama, la palabra y la herida. El disco abandona cualquier perfil bajo para internarse en la rabia y la justicia poética. También explora las brechas entre generaciones y unas relaciones afectivas atravesadas por la incertidumbre y el asfalto.
Rojo, negro y dorado: la estética del kintsugi
El imaginario visual acompaña con coherencia admirable. Rojo, negro y dorado. Rosas con espinas. Y, como hilo conductor, la filosofía del kintsugi, ese arte japonés que repara la cerámica rota con oro y convierte la cicatriz en lo más valioso de la pieza. Cuesta imaginar una metáfora más exacta para una banda que ha decidido exhibir sus fracturas en lugar de esconderlas.
Todo sucede en una atmósfera nocturna donde atreverse a incomodar se vuelve la única brújula fiable. El grupo ha apostado a conciencia por un sonido más directo, melodías de trazo lineal y estribillos que se adhieren como imanes. No renuncia a una contundencia escénica que aspira a poner el mundo patas arriba frente a la desazón de nuestro tiempo.
El pop que no pide perdón
Uno escucha Villana y recuerda aquella vieja intuición de Rilke: lo bello no es sino el comienzo de lo terrible. Haytaró parece haberla leído. Su primer aviso es el de una metamorfosis limpia, sin titubeos. Abre una brecha estética con vocación de hacerse notar tanto sobre las tablas como en la cultura urbana más despierta.
Quizá el pop de hoy solo merezca la pena cuando quema en las manos. Esta canción, desde luego, no se deja sostener con guantes. Y en una revista que lleva el contraste en el nombre, cuesta no leerla como una declaración hermana: blanco sobre negro, una luz que solo existe porque hay oscuridad alrededor.







