Cuando uno ha cubierto guerras, golpes de Estado y colapsos financieros en cinco continentes, tiende a pensar que lo ha visto todo. Pero hay algo que duele más que un tanque en la calle: ver cómo una democracia modélica se desangra lentamente, no a tiros, sino a base de tuits, vetos cruzados y una fatiga moral que se huele en los bares y en las hemerotecas.
España fue durante décadas la excepción luminosa de Europa. La Transición no fue un accidente feliz. Fue una obra maestra de la ingeniería política: adversarios que se miraban a los ojos, admitían sus diferencias y pactaban el futuro sin humillar al vencido. Aquellos hombres y mujeres (Suárez, Carrillo, González, Múgica, y tantos otros) entendieron que la política es el arte de hacer posible lo necesario. Y lo lograron.
Pero algo se rompió. Y no fue con el 15-M, ni con la crisis de 2008, ni con el procés. La grieta profunda, la que permitió que entrara el viento del fango, se abrió el día que José Luis Rodríguez Zapatero abandonó La Moncloa en 2011. No por sus aciertos o errores, sino porque con él se fue una última coartada: la de que aún era posible disentir sin destruir.
Con Rajoy llegó la asfixia institucional. Los datos son tozudos: entre 2012 y 2018, España pasó del 2,5% de los españoles que consideraban “muy grave” la corrupción política (según el CIS) a un 67% tras los casos Gürtel, Púnica y Bárcenas. No era solo una crisis de ética; era un colapso de la legitimidad de todo un sistema.
Y luego vino la respuesta ciudadana: indignación justa, pero mal canalizada. El nacimiento de Podemos y Ciudadanos no amplió el arco del diálogo, lo dinamitó. La política dejó de ser el lugar donde se resolvían problemas para convertirse en un ring de wrestling donde el adversario ya no es eso, sino un enemigo al que hay que borrar.
El Parlamento, antes termómetro de la voluntad popular, se convirtió en una máquina de ruido. En 2015, la investidura fallida de Sánchez (sí, la primera) requirió dos votaciones. En 2016, otras dos. En 2019, cuatro repeticiones electorales en cuatro años. ¿Qué país europeo soporta eso sin que se pudra su tejido democrático?
Miremos los números sin retórica:
- El índice de calidad democrática de The Economist situaba a España en el puesto 17 del mundo en 2008. En 2023, cayó al puesto 24, por detrás de países como Estonia o Uruguay. Razón: “deterioro del diálogo institucional y polarización extrema”.
- La fragmentación política: en 2008, solo dos partidos sumaban el 83% de los votos. Hoy, son necesarios cinco o seis formaciones para gobernar. La pluralidad es buena; la atomización ingobernable, no. Cada pacto es un funeral para la estabilidad.
- La confianza en el Gobierno (Eurobarómetro): del 56% en 2010 al 23% en 2023. Y en los partidos políticos, del 32% al 9%. Nueve de cada cien españoles confían en quienes les representan. Eso no es una democracia enferma; es una democracia en la UCI.
El problema no es de derechas ni de izquierdas. Es de método. Zapatero pactó con ERC los presupuestos de 2009 sin que Cataluña ardiera. Gobernó con el PP en la lucha antiterrorista sin llamar “fascista” a Rajoy. Hoy, cualquier cesión se presenta como una traición; cualquier bloqueo, como una gesta.
Y mientras tanto, los problemas reales (envejecimiento poblacional, productividad estancada, vivienda inaccesible, fractura territorial) se pudren en el fondo de un cajón al que nadie se asoma porque el ruido mediático y el cortoplacismo electoral lo impiden.
Uno no es nostálgico por vocación; es periodista, no poeta. Pero sí es analista. Y el análisis dice que España, sin haber sufrido un golpe militar ni una guerra civil, ha conseguido lo más difícil: degradarse a sí misma por erosión interna. Ya no hace falta que nadie venga a romper la democracia. La estamos desguazando pieza a pieza, con la complicidad de una ciudadanía que ha aprendido a odiar al otro antes que a resolver el problema común.
La Transición nos enseñó que la política es el arte de la renuncia recíproca para ganar todos. Lo olvidamos. Y ahora estamos pagando el precio más alto: no solo vivir peor, sino haber perdido la capacidad de imaginar un futuro compartido.
Ojalá aparezca un líder, una crisis o un milagro que nos recuerde lo que fuimos. Pero, con los datos en la mano, me temo que vamos a necesitar algo más que nostalgia.

