Ariel Montoya Exilio
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Ariel Montoya. Primera Parte. El exilio como trinchera: el lastre de la patria.

Parte 1 de la entrevista: "El exilio como trinchera: el lastre de la patria y la lucidez del que se niega a olvidar"

Miami, la ciudad que a menudo sirve como antesala de la nostalgia y bastión de las batallas imposibles. En una residencia de Coral Gables, donde el sol de la tarde tamiza la luz entre persianas venecianas, me recibe Ariel Montoya. No es un hombre que se esconda tras las metáforas; las habita. Periodista, escritor y político en el exilio. Su figura evoca a esos intelectuales centroeuropeos del siglo XX que convirtieron la distancia en una forma de resistencia. Reposa sobre la mesa un cafe y la prueba de imprenta de su más reciente poemario, Ligero Equipaje, título que suena a paradoja para quien ha cargado durante décadas con el peso de una Nicaragua que sangra, que no termina de nacer ni de morir.

Ex Secretario Presidencial en el Gobierno Liberal presidido por el mandatario nicaragüense Enrique Bolaños (2002-2007), fundador del partido Organización Política Accionaria (OPA) en la Diáspora, actual vocero en el Exterior del Partido Liberal Independiente (PLI-HISTÓRICO), Secretario General del (PLI-INTERNACIONAL), ex Canciller de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna y presidente del Foro Anticomunista de Miami, Montoya es un hombre de convicciones forjadas en el desencanto.

Frente a frente, su mirada tiene la intensidad de quien ha aprendido a negociar con sus adversarios sin dejar de ser él mismo. Promotor del diálogo político con el régimen de Daniel Ortega bajo observación internacional, su figura resulta incómoda tanto para la dictadura como para los sectores de la oposición que aún consideran una herejía sentarse a dialogar.

La entrevista transcurre entre pausas largas. No hay prisa. Porque cuando un exiliado accede a desnudar sus contradicciones, el periodista aprende que el tiempo también se mide en cicatrices.

1. Ariel, usted vive en Miami, una ciudad que es un monumento al exilio cubano, pero también un espejo de muchas de las derrotas latinoamericanas. ¿Se puede hacer política de altura desde la diáspora sin caer en el simulacro, en esa política de café que tanto daño le ha hecho a la oposición venezolana y nicaragüense? ¿O acaso la distancia es hoy la única condición para la lucidez?

 Miami reúne múltiples significados. La gran resonancia de ser la “Puerta de las Américas”, por constituir  un puente extraordinario entre Estados Unidos y América Latina, es solo una de esas acepciones. También se le conoce como la “Ciudad del Sol”, la “Capital de Latinoamérica”, la “Capital del Exilio Latinoamericano”, la “Capital Financiera de América Latina”, la “Ciudad Mágica”, la “Ciudad de la Libertad del Exilio Cubano” o la “Ciudad de la Libertad para los pueblos de Cuba, Venezuela y Nicaragua”. En fin, seguirán apareciendo nuevas formas de nombrarla, aunque, desde el punto de vista histórico, hasta antes de los éxodos venezolano y nicaragüense eran los cubanos quienes gozaban de esa hegemonía.

Ahora, aun cuando estas tres naciones logren desprenderse de sus dictaduras, quedará impresa una huella no solo de esas culturas, sino de toda Hispanoamérica, pues esta ciudad, como ninguna otra en este país de países, reúne y convoca a tantos migrantes de esta región del mundo. Anteriormente Nueva York guardaba esa bitácora humana; hoy, en gran medida, ese sitial le pertenece a Miami.

En ese sentido, es la ciudad que me dio acogida en mi segundo exilio, desde 2018 hasta la fecha, de la cual guardaré recuerdos imborrables, unos gratos y otros no, pero de eso también se trata la vida. Cada migrante lleva consigo un trozo de esa experiencia urbana en esta urbe que es puerto, ciudad, cayos, noches de diluvio y fiesta, marina de viajeros que la contemplan entre delfines y aviones, centro de embarque transatlántico hacia los cinco continentes y mucho más.

Para hacer política se puede actuar desde cualquier lugar. El más desgarrador es el exilio interno, por las enormes complicaciones que implica vivir bajo la represión del régimen al que se combate. Sí, es posible hacer política desde cualquier confín de la Tierra, hablando de la política auténtica, no de esa “política” convertida en mafia por ladrones, cínicos y criminales que la utilizan para saquear el erario público, enriquecerse o encubrir resentimientos personales y familiares.

También puede hacerse sin caer en la banalidad de salón o en el turismo político, en lo que lamentablemente ha terminado gran parte de la diáspora latinoamericana. No olvidemos tampoco a los políticos de “caviar”, quienes, sin pertenecer a un exilio internacional, forman parte de esa farándula oportunista.

Las migraciones masivas producen de todo: desde personas nobles, ingenuas y trabajadoras hasta mafias organizadas, como ocurrió con la siciliana en Nueva York. Aquí ha llegado de todo, incluidos espías y agentes de los regímenes que históricamente han atacado a Estados Unidos, persiguiendo además a quienes se exiliaron para neutralizarlos, obtener información o incluso asesinarlos. Eso también ha ocurrido, lamentablemente, con la diáspora latinoamericana en Miami.

Por otra parte, no creo que la distancia sea la única fuente de lucidez. ¿Qué sería de nuestra lucha sin ese brazo poderoso de quienes permanecen dentro de sus países, enfrentando peligros enormes junto a sus familias? Ellos representan el concepto más profundo de la palabra patria. La distancia también puede convertirse en un discurso, en un método de lucha y en un puño levantado frente a la rebelión, aunque no ondeen banderas. Lo importante es mantener siempre la dignidad en alto.

 

Ariel Montoya Exilio Miami
Ariel Montoya Exilio Miami



2. Usted ha sido protagonista de un gesto que muchos en su entorno consideran una herejía: sentarse a dialogar con el régimen de Daniel Ortega bajo observación internacional. Hábleme de ese momento. ¿Entró a esas reuniones con la mano tendida o con el puño cerrado? ¿Se puede negociar con quien ha convertido la represión en un sistema de gobierno sin convertirse uno mismo en cómplice?

Esa pregunta es explosiva por todo lo que encierra. Trataré de responderla por partes.

Cuando un delincuente armado comete un secuestro —y vale la pena recordar que en Hispanoamérica muchos secuestradores no fueron más que mafiosos convertidos en guerrilleros comunistas, combinados además con la cultura del narcotráfico—, ¿con quién se dialoga para salvar la vida de la víctima? Evidentemente, con quienes la tienen secuestrada.

Nunca me canso de citar aquella frase de Konrad Adenauer, el gran constructor del milagro alemán de la posguerra, quien afirmó que, si era necesario dialogar “con el diablo” para contribuir al bienestar de su nación, lo haría.

En el caso de Nicaragua ha sido enorme el desconocimiento estratégico y dialéctico con el que han actuado muchos supuestos opositores. Lo mismo puede decirse de Cuba y Venezuela. Personalmente he recibido críticas de sectores que, sin ánimo de menospreciarlos, carecen de influencia política o mediática, pero que, gracias a las redes sociales —donde cualquiera puede creerse poeta, genio o estratega político—, terminan difundiendo mensajes dañinos y perversos.

La historia ha demostrado en más de una ocasión que el diálogo puede ser la prolongación del conflicto por otros medios, hasta alcanzar acuerdos que solo pueden lograrse entre las partes involucradas.

El presidente Donald Trump podrá encontrarse en medio de múltiples tormentas políticas, pero considero que ha sido el único mandatario, desde el final de la Guerra Fría, que ha intentado sanear del comunismo a nuestros pueblos. No está siendo una tarea fácil, pero confío en que se logrará.

Entonces vuelve la pregunta: ¿con quién ha negociado él? Con Kim Jong-un, con Vladimir Putin, con representantes del chavismo en Venezuela para procurar una transición pacífica y evitar revoluciones traumáticas, y también con Xi Jinping para impulsar acuerdos geopolíticos y económicos.

Del mismo modo, considero que tanto Trump como el Departamento de Estado y la auténtica oposición política nicaragüense deberán alcanzar acuerdos con Daniel Ortega para facilitar una transición política que desemboque en elecciones libres, transparentes y observadas internacionalmente, donde la voluntad popular pueda expresarse plenamente.

Negociar no significa convertirse en cómplice. Significa utilizar las herramientas del civismo, la diplomacia y la decencia para devolverle a un pueblo sus legítimas esperanzas de paz, libertad y dignidad.


3-En 2018 Nicaragua ardió. Las barricadas, los estudiantes, los fusiles del sandinismo que dejaron de ser los de la épica revolucionaria para convertirse en los de una dictadura consolidada. Usted estaba en Miami. Cuénteme qué se siente ver arder su país desde la comodidad —aparente— de la distancia. ¿No hay un momento en que la palabra “exilio” se transforma en otra cosa más oscura, quizá en “impotencia”?


Yo estaba en Nicaragua cuando estalló la insurrección espontánea y popular de 2018, conocida como la de “los tranques” o la “Primavera de Abril”. Después aparecieron los oportunistas de siempre, aquellos que intentan apropiarse de las grandes gestas.

Fui parte de ese movimiento. Apoyé a los jóvenes, participé en las marchas, concedí entrevistas a la prensa y publiqué artículos en medios nacionales e internacionales. Vi caer a jóvenes muy cerca de mí, asesinados por francotiradores enviados por el régimen, como ocurrió durante la histórica marcha del 30 de mayo, Día de las Madres en Nicaragua. Eso no es literatura ni ficción de redes sociales.

Recibí llamadas con amenazas de muerte. La primera llegó precisamente el día de mi cumpleaños, un 30 de abril. Contesté pensando que sería un familiar o algún viejo amigo. No fue así. Era una advertencia para que abandonara el país. Tras la tercera llamada, en la que ya describían con precisión mis movimientos por Managua, comprendí que debía salir. Así comenzó este segundo exilio.

En cuanto a esa llamada “épica revolucionaria”, comparto la idea de que muchos ingenuos, dentro y fuera de Nicaragua, creyeron que el triunfo del sandinismo significaría la emancipación de un pueblo. No fue así. Fidel Castro ya sabía lo que haría en Cuba desde mucho antes de llegar al poder, y muchos intuían también cuál sería el rumbo del sandinismo.

Hubo empresarios, intelectuales, profesionales y ciudadanos honestos que les dieron un voto de confianza. El desenlace es conocido: una promesa que terminó convirtiéndose en una gran decepción y que dejó al país sumido en la pobreza, el dolor y el exilio.

El exilio te marca profundamente. Cuando uno regresa a recorrer las calles donde creció, descubre que ya no son las mismas, porque quien ha cambiado también es uno mismo. Sin embargo, todo regreso sigue siendo gratificante.

Nunca he vivido un exilio dorado. Soy un migrante más, como tantos otros, buscando reconstruir su vida. Ya había conocido el exilio en Guatemala tras desertar del Servicio Militar Obligatorio en 1984, además de los desplazamientos internos que sufrí dentro de Nicaragua.

Siempre contemplaré a mi ciudad y a mi país desde la ausencia, pero también desde la convicción de que algún día volverán a ser libres.



4-Usted fundó la Organización Política Accionaria (OPA) en la Diáspora y hoy es vocero del PLI-HISTÓRICO y Secretario General del PLI-INTERNACIONAL, siendo estas  fuerzas de derecha, sí, pero la derecha en Nicaragua siempre ha tenido una herida profunda: la fragmentación. ¿Qué cura es más urgente: derrocar a Ortega o recomponer una oposición que ha demostrado, durante décadas, ser su peor enemiga?

La derecha nicaragüense no siempre ha estado desunida; pero también la izquierda lo ha estado.  Antes de 1979 existía un equilibrio entre las fuerzas políticas tradicionales. La izquierda llegó al poder por varias razones: el amplio respaldo internacional que obtuvo la insurgencia procastrista, incluso de sectores de los propios Estados Unidos, y el desgaste que ya venían sufriendo los partidos tradicionales, Liberal y Conservador.

En 1990, toda la derecha logró unirse y derrotó democráticamente al sandinismo, aun en medio del humo de los fusiles y de las secuelas de la guerra de los años ochenta. Considero que ese proceso comienza nuevamente a tomar forma mediante la unidad política opositora bajo el liderazgo del liberalismo, el conservadurismo, los social cristianos, y el respaldo de los antiguos combatientes de la Resistencia Nicaragüense, históricamente conocida como “La Contra”.

La propaganda impulsada durante décadas por la órbita soviética y alimentada por Fidel Castro fue profundamente dañina para la imagen de la derecha latinoamericana y, en gran medida, consiguió sus objetivos. Pinochet sigue siendo visto como el gran ogro pero papel en la  desclasificacion  de la historia le pertenece más a Fidel Castro.

Hoy la prioridad es salir de la dictadura, pero no a cualquier precio. Contra Somoza se sumaron muchos ciudadanos bien intencionados del sector privado, intelectual y popular bajo la consigna de que “contra Somoza cualquier cosa”. Sin embargo, quienes llegaron al poder terminaron construyendo un sistema meramente destructivo para Nicaragua.

Actualmente la oposición política está avanzando hacia una unidad partidaria. En ese proceso, el Partido Liberal Independiente (PLI-HISTÓRICO), del cual recientemente logró registrarse en California el PLI INTERNACIONAL,  está desarrollando una importante iniciativa organizativa, pero también avanzando en el acercamiento con miembros del relevo generacional de la antigua Resistencia Nicaragüense.

Una vez consolidada esa unidad, considero que deberá abrirse la etapa de la transición mediante un diálogo político que desemboque en elecciones libres, transparentes y bajo observación de la comunidad internacional.

Ariel Montoya junto a Maria Elvira Salazar
Ariel Montoya junto a Maria Elvira Salazar

5-Permítame una pregunta incómoda, casi cruel. Usted ha sido presidente del Foro Anticomunista de Miami. Esa palabra, “anticomunista”, en pleno siglo XXI, suena para algunos a anacronismo y para otros a una bandera identitaria. ¿No cree que el enemigo hoy en Nicaragua ya no es únicamente una ideología, sino una red de poder criminal, familiar y empresarial que utiliza el discurso de izquierda para saquear al país? ¿No se le ha quedado pequeña esa etiqueta?

Ha existido una enorme manipulación del lenguaje y una estrategia deliberada del propio comunismo para modificar la percepción de la realidad. En América Latina, debido a la influencia permanente de Fidel Castro, ese sistema ha continuado generando inestabilidad, conflictos e ingobernabilidad.

No comparto la idea de que hablar del comunismo sea un anacronismo. A mi juicio, la Guerra Fría nunca concluyó plenamente y muchas de sus estructuras permanecen vivas, incluso en países como Rusia, donde todavía subsisten importantes herencias del modelo soviético estalinista leninista.

En América Latina, aun con iniciativas impulsadas desde los Estados Unidos para contener el avance de los regímenes autoritarios, el comunismo se resiste a abandonar el poder o a transformarse. Basta observar el caso de Cuba, que durante décadas ha padecido hambre, represión, falta de libertades, precariedad económica y un profundo deterioro social. Considero que el discurso oficial ha utilizado reiteradamente el embargo económico como explicación de problemas cuya raíz principal está en la ineficiencia y el autoritarismo del propio sistema.

Estos regímenes han sobrevivido también gracias a un amplio número de simpatizantes e intelectuales en universidades occidentales, partidos de izquierda, sectores de la socialdemocracia europea y corrientes del llamado marxismo cultural, así como por una información muchas veces parcial o ideologizada.

Si observamos el panorama latinoamericano, encontramos fenómenos políticos muy diversos que, desde mi perspectiva, mantienen vínculos ideológicos con esa tradición. Casos como los de Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua muestran la persistencia de modelos de concentración del poder que dificultan la alternancia democrática.

El Foro Anticomunista de Miami, junto con otras organizaciones similares, considera que la tarea no concluye con el eventual fin de estos regímenes. También será necesario desarrollar una labor educativa, cultural y cívica que permita comprender las consecuencias históricas que estos sistemas han tenido sobre millones de personas.

Existe además un fenómeno que en España y América Latina suele llamarse “lavado de cerebro”: generaciones enteras que nacieron, crecieron y murieron bajo sistemas totalitarios sin haber conocido otra realidad, llegando incluso a admirar a sus verdugos, a quienes los mantenían privados de libertad.

Mientras continúen existiendo regímenes que, en mi opinión, producen hambre, cárcel, exilio forzoso, persecución política, violaciones de los derechos humanos y vínculos con el crimen organizado, seguiré defendiendo la necesidad de que esos modelos desaparezcan y sean sustituidos por sociedades verdaderamente libres.

Por José Luis Ortiz Güell

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